Tiene grandeza e historia imperial, pero rinde respeto a la madre Viena. Es atravesada por el río Danubio, aunque Budapest hace más fama de él. Por más que esté a la proximidad de importantes capitales de Europa central, Brastilava conquista a quien recorra su pequeño y preservado centro histórico, cuna de la coronación del Imperio Húngaro. Atracciones que homenajean a un pasado de gloria insertadas en cierto déjà vu soviético hacen de la capital de Eslovaquia un interesante destino del circuito europeo donde reina la calma y calidez.

Además de su ubicación privilegiada en Europa Central para los intercambios comerciales, el momento crucial que marcó la prosperidad de Bratislava fue su elección como capital del Imperio Húngaro en 1536. Frente al avance del imperio turco otomano, la cabecera eslovaca garantizaba a los Habsburgo la seguridad para preservar las joyas y principales instituciones del imperio, como así, la suficiente cercanía con el poder real en Viena. De tal forma, el centro histórico de Bratislava recuerda hoy la ruta de coronación de los once reyes y ocho consortes reales que supo albergar, al punto que desde el 2003 dicha celebración toma vida anualmente a fines de junio mediante un desfile de época encabezado por el flamante “monarca”.

El punto de partida es el Castillo de Bratislava, ubicado naturalmente sobre una colina a la par de la Asamblea Nacional de Eslovaquia, desde donde se aprecia una excelente vista panorámica de la ciudad y del río Danubio. Si bien los primeros asentamientos del castillo se remontan a la edad de piedra, la fortaleza actual fue reconstruida siguiendo su mayor época de esplendor: el siglo XVIII, cuando Bratislava estuvo en boca de todos bajo el reinado de María Teresa. Descendiendo, el camino de la coronación lleva hacia la Catedral de San Martín, escenario protagonista de tal ceremonia. De hecho, una réplica de 150 kg de la corona oficial culmina la torre de la catedral. Las catacumbas y criptas abundan bajo la superficie, siendo no apto para claustrofóbicos.

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Las placas doradas sobre los adoquines dirigen hacia el corazón del pequeño centro histórico, donde los simpáticos comercios y restaurantes se mezclan con edificios y espacios públicos de antaño, hoy perfectamente conservados. Tal es el caso de la Puerta de San Miguel, única estructura remanente de la ciudad medieval fortificada que supo ser Bratislava en el 1300. Además de albergar un museo sobre la ciudad amurallada, su torre ofrece vistas panorámicas del casco histórico. El camino real conduce luego hacia la Fuente Maximiliano, una muestra de gratitud del primer rey coronado en Bratislava hacia su pueblo. Allí en las inmediaciones de la plaza central, figuran dos joyas arquitectónicas como lo son el Antiguo Ayuntamiento y el Palacio del Primado, ambos con museos dignos de ser visitados. El último se destaca por ser donde los Habsburgo y Napoleón sellaron la paz bajo el Tratado de Presburgo, en línea con el anterior nombre de Bratislava, vigente hasta 1919.

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Saltando drásticamente en el tiempo, los efectos de la cortina de hierro hacen notar los cuarenta años de dominio soviético sobre Bratislava luego de la Segunda Guerra Mundial. La influencia más notable es sin duda el futurista Puente de la Insurrección Nacional Eslovaca, que atraviesa el Danubio conectando el centro con los edificios en bloques distintivos del barrio Petrzalka, ideado también en tiempos del comunismo. El puente es más bien conocido por su panorámico restaurante sostenido a 87 metros de altura. La forma de plato volador le otorga el nombre UFO (ovni, por sus siglas en inglés). Un tanto más alejado del centro se encuentra el cementerio militar Slavín, que alberga las tumbas de los casi siete mil soldados del Ejército Rojo que perdieron sus vidas para liberar Bratislava de los nazis y sus aliados locales en 1945. Desde el monumento que recuerda cada ciudad eslovaca liberada por los soviéticos se puede apreciar una espectacular vista panorámica. Vale la pena también caminar el pintoresco barrio residencial y de embajadas que rodea al memorial.

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A partir de la progresiva incorporación de Eslovaquia a la Unión Europea desde el 2004, el impulso turístico tomo cuerpo en Bratislava. Sus precios económicos y los apenas 66 km que la separan con Viena son también una carta a favor. El preservado centro histórico de la ciudad es un claro ejemplo, donde sus principales edificios recobran vida de noche con la apropiada iluminación -y una copa de vino de los pequeños Cárpatos mediante-. Caminar por sus pequeñas calles es toda una sorpresa, como lo es toparse con alguna de las divertidas estatuas de bronce, tal como la cabeza de un trabajador que mira de reojo desde una alcantarilla. Sin la recargada afluencia turística que distingue a las capitales vecinas, Bratislava invita a descubrir su encanto sin prisa, ya sea en un ida y vuelta desde Viena o en el paso del circuito por Europa Oriental.