Enigmática y remota, esta isla se encuentra en el océano Pacífico, a medio camino entre Sudamérica y Tahití. El fuerte atractivo de los moai y la cultura rapa nui.

El cartel del Museo Sebastián Englert, en Isla de Pascua, Chile, dice que hay contabilizados 887 moai, 288 fueron transportados y erigidos en un ahu o plataforma ceremonial, que 397 permanecen en “la cantera” (la fábrica de los moai) del volcán Rano Raraku, y que 92 quedaron en situación de transporte, a medio camino entre la cantera y su ahu, su destino final. Y que hay 10 moai que tienen rasgos femeninos. Está también estipulado que el moai más grande, llamado El Gigante, mide 21,60 metros de alto, pesa entre 160 y 182 toneladas y está acostado, sin terminar. En el ahu Te Pito Kura está Paro, el moai más grande de pie, con 9,80 metros de alto y un peso estipulado en poco más de 74 toneladas. Y el moai más pequeño que se encuentra de pie es el que está en Poike: mide 1,13 metros.

El museo –creado en 1973 y cuyo nombre recuerda al misionero capuchino alemán que estudió la vida y la lengua rapa nui– es sencillo, ameno y con entrada gratuita. Esencialmente trae claridad, organiza el pasado y las múltiples teorías sobre una cultura considerada enigmática. Y aunque la ansiedad quiera llevar nuestros pasos a recorrer la isla sin escalas en busca de moai, este espacio es un buen punto de partida.

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Estos gigantes de piedra, figuras conmemorativas cuya función era marcar o fijar los ancestros de cada linaje y demostrar poder, son testigos de varios siglos de historia en esta isla remota del océano Pacífico. Y una de las razones centrales por las que estamos aquí. Por la que cada año llegan miles de visitantes.

Hay una energía especial que la rodea. Una sensación de magia en el aire, cierto halo espiritual, enigmático, misterioso que emana de los moai que con sus ojos miran al cielo. Que se imponen con sus facciones duras y alargadas.

O, tal vez, se trate de la toma de conciencia de que acabamos de aterrizar en un pequeño montículo de tierra lejano, el lugar habitado –6.000 personas– más aislado del planeta, a medio camino entre Sudamérica y Tahití, a 3.600 kilómetros de Chile y a 2.000 de las islas Pitcairn, que tienen 50 habitantes. “No estamos solos, estamos lejos”, dicen.

Isla de Pascua es en realidad Rapa Nui, como llaman los locales a su tierra. Así se denomina su cultura, su idioma y es el nombre que se ve en escaparates y en los folletos. Una porción de tierra de origen volcánico –tiene tres volcanes principales–, de bandera chilena y alma polinésica.

Navegantes y exploradores

Parece que en un principio fue Te Pito O Te Henua (“el ombligo del mundo”), nombre que le dio a la isla el rey Hotu Matu’a, cuando llegó hasta aquí con su gente, desde la mitológica isla polinésica de Hiva –se dice, entre los siglo IV y VI–, a bordo de dos embarcaciones. Y se quedaron. No creyeron que hubiera tierra más allá.

Lo de Isla de Pascua vino después, con la llegada del holandés Jakob Roggeveen en abril de 1722… un domingo de Resurrección o de Pascua. La isla también fue San Carlos para los españoles que pasaron en 1770. Y mucho después, en 1888, quedó oficialmente bajo la soberanía de Chile.

Nos quedamos con Rapa Nui que, aunque algunos dicen que significa “isla grande”, Gonzalo Nahoe asegura que el verdadero significado es “el lugar más lejano”. Gonzalo es nuestro guía de la etnia rapa nui, que nos recibe en el aeropuerto con una sonrisa y un collar de flores naturales y, días más tarde, nos despide en el hotel Explora con un collar de caracoles. Y, de paso, agrega que gran parte de los problemas en la isla comenzaron, justamente, con la llegada de los exploradores de Occidente.

Lo cierto es que en sus casi 300 años de existencia para el mundo occidental (la isla está habitada desde hace “sólo” 1.500 años), Rapa Nui ha sido sinónimo de misterios inexplicables, en parte por la ruptura de la tradición oral. Las guerras internas, la extracción de habitantes para llevarlos como esclavos a Perú –para trabajar en las explotaciones de guano– y las enfermedades que trajeron los europeos contribuyeron a diezmar la cultura y cortar el traspaso natural de conocimientos de una generación a otra. De hecho, se dice que en 1864 quedaban sólo 111 habitantes rapa nui.

El conocimiento perdido u olvidado dio pie a que se multiplicaran las teorías alternativas –científicas algunas; otras no tanto– que pretendieron explicar y darle sentido a la cultura local, su historia, sus tradiciones y creencias.

Mucho trabajo en la fábrica

Para mí, la magia de los moai está acá, en “la cantera”, en las laderas del volcán Rano Raraku, parte del Parque Nacional Rapa Nui. Era la factoría, el lugar de donde salían los moai. Se ve la piedra adosada a la montaña y se la ve convertida en gigante. Se ven figuras a medio hacer, boca arriba, para poder trabajar con mayor comodidad en el rostro. Las hay erguidas, semienterradas, ladeadas y recostadas. La materia prima es la toba, ceniza volcánica endurecida, más fácil de tallar. El tamaño de cada moai es impactante: la cabeza representa un tercio del tamaño total de la figura… que en muchos casos tiene casi la totalidad de su cuerpo bajo tierra.

La práctica y la mejora de las técnicas que otorga el tiempo, y el entusiasmo por demostrar mayor poder hizo que los moai fueran cada vez más grandes e imponentes. De hecho, El Gigante de más de 20 metros está aquí… y muchos dudan: ¿lo hubieran podido trasladar con semejante tamaño y peso?

También hay un moai extraño, arrodillado, conocido como Tukuturi. Llama la atención porque es muy distinto de lo que hemos visto hasta ahora: tiene las piernas definidas, está de rodillas, con las manos sobre ellas, es más pequeño y los rasgos de su cara son redondeados. Por su ubicación en los límites de la cantera, hay quienes dicen que quizá se trate de la representación de algún “famoso maestro escultor que supervisaba el trabajo de sus sucesores”.

Uno de los senderos de "la cantera" en Isla de Pascua

Estos gigantes tienen los ojos marcados, pero no terminados. Les faltan los detalles que solían agregarse una vez ubicados en su ahu. Los ojos, por ejemplo, de coral blanco y obsidiana, se agregaban en el ahu. Entonces, con los ojos abiertos emanaban protección, devenían en un rostro viviente. Tenían poder. Por eso, fue lo primero que les arrancaron cuando estallaron las luchas internas. En el ahu Tahai, uno de las figuras los tiene reconstruidos.

La cantera conmueve. Porque aquí estamos frente a una imagen congelada en el tiempo. Como si de repente todos hubieran dejado sus herramientas y así, con el trabajo a medio hacer, se hubieran desvanecido. La cantera se siente como una postal freezada, detenida en el tiempo, con los moai desparramados por los alrededores. Un instante de la vida en exposición.

Hay que llegar hasta el cráter del volcán para visualizar el escenario de una de las competencias tradicionales del Tapati, la gran fiesta de Rapa Nui que tiene lugar en febrero. Es “la” cita para locales y visitantes. Días de cuerpos pintados, de competencias de baile, canto, navegación en canoas y elección de la reina.

Los 15

Del volcán Rano Raraku, “bajamos” a Tongariki, dos kilómetros, sobre la costa sudeste de la isla. La postal imperdible. Allí es donde están los 15 moai alineados de espaldas al mar. Si se puede elegir un momento para ir, el amanecer resulta ideal. Las primeras luces del día van descubriendo los torsos y rostros de los moai, como si fuera una ceremonia.

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Cada una de las 15 figuras es diferente: una más alta, otra más baja, uno más gordo, otro más flaco, con pukao (tocado) o sin él. Están de pie gracias a un trabajo de reconstrucción, ya que la fase de esplendor de los moai terminó alrededor del siglo XVII, cuando comenzaron a destarse los conflictos entre los clanes. Parece que la industria de los moai demandaba no sólo piedra, sino también mucha madera para su traslado… y la isla tenía una capacidad limitada en la reproducción de sus bosques. Sin madera no podían construir canoas para salir a pescar y, sumado al crecimiento abismal de la población –que pasó de 200 habitantes a 10.000– las peleas arreciaron. Derribar los moai del clan vecino se tornó algo usual. Tanto es así que para el siglo XVII todos acabaron desparramados en el suelo.

En 1960, además, hubo un gran tsunami en el Pacífico que generó olas de hasta 11 metros que arrastraron los moais de este ahu hasta 100 metros tierra adentro. Que ahora estén nuevamente de pie es gracias al trabajo del arqueólogo chileno Claudio Cristino, quien a mediados de los 90 reconstruyó la plataforma sobre la base de los esquemas delineados por la arqueóloga británica Katherine Routledge. Y gracias a los dos millones de dólares aportados por el gobierno japonés que quería probar una gran grúa, que fue levantando cada uno de los moai.

Separado de los 15 moai alineados, está el “moai viajero”, que prácticamente recibe a los visitantes que ingresan en el predio. Estuvo a préstamo expuesto en Japón y también lo utilizó el explorador noruego Thor Heyerdahl –más conocido por la expedición Kon-tiki de 1947 en el Pacífico– para probar sus teorías sobre el transporte de los moai. Que son varias, pero la más aceptada ahora es la que indica que se los trasladaba de pie y con tracción humana. Por eso también muchos acabaron volcados boca abajo, por accidentes esperables en el trayecto.

En la playa donde todo comenzó

Anakena está a 18 kilómetros de Hanga Roa, siguiendo la carretera que atraviesa la isla. Es la playa principal: mar calmo color turquesa y cristalino, arenas blancas y palmeras importadas de Tahití en los años 60. Dicen que aquí desembarcó el rey Hotu Matu’a. Y como si esto fuera poco, también está el ahu Nau Nau. Fue restaurado en 1978 por un equipo dirigido por Sergio Rapu, arqueólogo de la isla. Aquí se encontró enterrado en la arena el ojo de coral blanco que se exhibe en el museo.

Muy cerquita, del otro lado del cerro hay otra playa más pequeña Ovahe, muy atractiva, encerrada en un acantilado. El acceso requiere una breve caminata.

Aún queda por conocer cómo sigue la historia. En la otra punta de la isla está Orongo y el volcán Rano Kau, donde se puede entender un poco más qué pasó luego de las luchas tribales. A partir del siglo XVII surgió el culto al tangata-manu u hombre pájaro. Y Orongo es una aldea ceremonial, de adoración al Make Make, donde se desarrollaba la competencia para elegir, cada año al hombre-pájaro. Un lugar que se usaba estacionalmente, con el inicio de la primavera. Parte de su importancia radica en que es también el principal sitio de arte rupestre con varios petroglifos.

La ceremonia anual del tangata-manu consistía en que jefes de diferentes tribus –sus hopu o representantes, esencialmente– competían para conseguir el primer huevo de manutara (un ave que conocemos como gaviotín apizarrado, gaviota monja o charrán sombrío) que llegara a anidar en el islote Motu Nui. Los participantes descendían por el acantilado, nadaban hasta Motu Nui y allí esperaban días o semanas que llegaran los manutara y pusieran sus huevos. Seguramente algunos quedaban en el camino. Quien conseguía regresar con el huevo intacto era designado hombre-pájaro y se lo consideraba sagrado. La última competencia se realizó en 1867.

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La tarde nos encuentra volviendo a Hanga Roa. Caminamos por la costanera con pasos presurosos, está empezando a caer el sol. En la explanada del ahu Tahai se va juntando la gente. Hay turistas de todos lados. Hay algunos locales. Gente que pasa en bicicleta. Unos perros callejeros husmeando entre las cámaras de fotos. Varios que se esmeran en preparar el time lapse del atardecer. Un barquito encuadra en el fondo. Pocos notan que allí está la tumba del arqueólogo estadounidense Willam Mulloy, que ayudó en la restauración de este sitio. Y se enamoró de la isla.

Entonces empieza la magia del atardecer. Que se extiende y torna el cielo de colores cambiantes. Mirar, sentir, sacar una foto. Volver a mirar, atrapar todos los colores. Por allí algunos brindan con copas cargadas de vino. Otros se abrazan. Una pareja arma un corazón con sus manos y se toman una foto. Unos amigos comparten sonrisas cómplices. Se hace de noche. Cuando apenas adivinamos el sendero, empezamos a volver.