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Un diagnóstico adecuado te permitirá llevar a cabo la rutina de belleza perfecta

Al igual que sabes qué modelo de prenda te favorece más, qué maquillaje resalta más tus facciones o qué peinado te da ese aire que buscas para cada ocasión, debes saber qué crema se adapta mejor a tus necesidades reales. Y es que una rutina de belleza personalizada es tu mejor aliada para reducir las arrugas y mostrar un rostro radiante.

Sin embargo, para ello es necesario que tengas un buen diagnóstico de tu piel. A menudo podemos pensar que esto nos llevará tiempo, pruebas, dinero y unas cuantas visitas al especialista, pero la realidad es que es mucho más sencillo que todo eso, pues basta con empezar haciéndote algunas preguntas clave:

Cómo hacer un diagnóstico de tu tipo de piel

  • Tu edad, por ejemplo, ya que la piel no tiene siempre las mismas necesidades: la cosa va cambiando antes de los 25, de los 25 a los 35, de los 35 a los 45… y de entonces en adelante.
  • El tiempo que dedicas a la limpieza de tu rostro: una limpieza en profundidad con gel limpiador; un desmaquillado con leche limpiadora y tónico; o algo ‘express’ con toallitas o agua micelar.
  • Los problemas que quieres solucionar: hidratación, primeras arrugas y líneas de expresión, piel grasa/seca, aparición de patas de gallo y bolsas en los ojos, flacidez o descolgamiento.
  • Los productos que utilizas en tu rutina ‘beauty’ diaria: limpiador y desmaquillante, sérum, contorno de ojos, cremas de día y noche, maquillaje… te recomienda qué tipo de limpieza deberías hacerte cada día (con el gel fresco, la leche limpiadora y el tónico, o la solución micelar,

Ahora que ya sabes cómo es tu piel, no tienes excusa para no darle los cuidados que realmente necesita.

El primer paso para cuidar tu piel es conocerla. Saber si es seca, grasa, mixta o sensible te permitirá tratarla de forma adecuada y conservarla durante años sana y a salvo de las agresiones de la vida actual.

Habitualmente se clasifica a la piel en cinco tipos: normal, grasa, seca, mixta y sensible. Sin embargo, esta clasificación no es del todo cierta hoy día. La piel normal, que se define como una piel equilibrada que funciona correctamente, es tan difícil de encontrar que podríamos considerar que casi no existe. Se trata de una piel luminosa, fina, suave, tersa y flexible, en la que no se aprecian zonas de sequedad, poros abiertos, ni otras alteraciones cutáneas como rojeces, bolsas, venitas, etc., ya que corresponde a una persona cuyo sistema circulatorio y linfático funciona correctamente y tiene un metabolismo en perfecto equilibrio. Algo que, como sabemos, no suele suceder debido a los factores agresivos con los que se enfrenta a diario nuestra piel.

Pero, además, hay más tipos de piel de los citados. Como por ejemplo las acnéicas, que sufren una contaminación bacteriana asociada sobre todo al cambio hormonal de la pubertad pero que en los últimos años han superado la barrera juvenil. Las reactivas, que se alteran ante múltiples factores independientemente de si son pieles mixtas, grasas o secas. O las maduras, que necesitan una serie de activos para poder hacer frente al paso de los años y los elementos, independientemente de sus niveles de agua y grasa. Hay que tener en cuenta también que una misma persona puede tener distintos tipos de piel no sólo en su cuerpo, con zonas muy grasas o muy secas, sino también mostrar esta diversidad en una área pequeña como el rostro.

Y es que la piel no es siempre igual. Cambia con los años, las estaciones, el ritmo de vida, el estado de ánimo… Aunque fisiológicamente la piel de todos los humanos es igual, es evidente que no es igual ni necesita los mismos cuidados la piel de un niño que la de un adolescente, un anciano, una mujer embarazada o incluso una persona sometida a una dieta baja en calorías, por lo que hay que estar atento a las condiciones en las que se encuentra la piel en cada momento para darle aquello que necesita. No es tan difícil como parece. De hecho, es lo que hacemos a diario, por ejemplo, con la dieta: adaptarla a nuestras necesidades según el momento en que nos encontremos. Con la piel sucede lo mismo. Es el mayor órgano del ser humano y debe cuidarse según su estado para mantenerlo sano. Para conocerlo más a fondo, nos ceñiremos a los rasgos más frecuentes de los cuatro tipos de piel del rostro considerados más comunes: seca, grasa, mixta y sensible, para así poder identificar qué piel tenemos.

Cómo identificarla

  • Es seca si… Está tirante, opaca, áspera, quebradiza, los poros son diminutos y presenta arrugas y descamaciones.
  • Es grasa si… Tiene brillo y un tacto aceitoso, poros dilatados, granitos y/o puntos negros especialmente en las aletas de la nariz, textura resbaladiza o áspera.
  • Es mixta si… Presenta zonas de piel seca y grasa, especialmente si esta última se concentra en la frente, nariz y barbilla (zona T)
  • Es sensible si… Tiene tendencia a presentar rojeces, irritaciones, tirantez o picor, y a alterarse ante cualquier cambio, incluso emocional

Piel normal
La piel del rostro no revela ningún tipo de problema; es una piel elástica y flexible, que se muestra suave y tersa, con una buena circulación y un aspecto saludable. Para mantener la piel bonita, es necesario encontrar un ritual adecuado para el cuidado de la piel, como son la limpieza, tonificación e hidratación por la mañana y por la noche, y usar un protector solar, cuidados que ayudarán a mantener la piel en buenas condiciones.

Piel seca
La piel seca puede desarrollar con facilidad arrugas y poros abiertos, y es muy propensa a padecer irritación y envejecimiento prematuro; la piel se siente escamosa y tirante. Para que la piel seca se mantenga joven, es necesario un cuidado minucioso y regular de la piel.

Utiliza hidratantes naturales, como el aceite de coco o la manteca de karité, usa limpiadores de la piel que no contengan ahcoholes. Incluye en tu rutina diaria exfoliantes suaves y lleva una dieta adecuada y equilibrada, para que tu piel se mantenga nutrida.

Piel grasa
La piel grasa tiene tendencia a la aparición de grasa en la zona T y en el área de las mejillas; es una piel gruesa y brillante, con tendencia a la aparición de poros dilatados, puntos negros y acné. El envejecimiento es más lento que en otro tipo de pieles, y aunque no es una piel propensa a las arrugas, es importante llevar una limpieza cuidadosa a diario, para mejorar el aspecto de la piel.

Es importante mantener la piel limpia, para evitar que se obstruyan los poros, evitar los productos ásperos, que fomentan la descamación; utiliza productos que disuelvan la grasa eficazmente y mantengan la piel sin brillos.

Piel mixta
La piel mixta posee parches de los dos tipos de piel: grasa y seca, en zonas determinadas del rostro; tiene zonas grasas en la nariz y la frente y en las zonas de alrededor de los ojos y en las mejillas, son secas. Limpia las zonas grasas de forma minuciosa y frecuente, para arrastrar el exceso de grasa, y las zonas secas deben de ser tratadas con cremas hidratantes que contengan ingredientes naturales.

Piel sensible
La piel sensible, además de sentirse tirante y en ocasiones inflamada, se irrita con facilidad y suele ser muy seca; este tipo de piel suele desarrollar áreas rojizas y escamosas, que pueden producir picor, con tendencia a la rotura, ya que es un tipo de piel muy frágil y problemático, que necesita una atención y unos cuidados especiales. Aunque es importante realizar un estudio personalizado de la piel, se requieren productos naturales, libres de alcoholes y de perfumes.