El primero de diciembre, apenas tres semanas después de ganar las elecciones, Trump anunció su primer gran acuerdo en línea con sus propuestas proteccionistas en el estado de su vicepresidente, Mike Pence: la empresa Carrier suspendía sus planes de cerrar una planta en el estado de Indiana y relocalizarla en México, a cambio de recibir incentivos estatales de 7.000 millones de dólares a lo largo de los próximos 10 años.

Ese día Trump y Pence visitaron la planta de Carrier en Indiana y el primero lanzó una nueva advertencia, esta vez como presidente electo.

“Las empresas no se van a ir de Estados Unidos nunca más sin consecuencias. No podemos permitir que ocurra esto con nuestro país. Hay muchísimos empleos saliendo de Estados Unidos y trasladándose a otros países”, aseguró el magnate frente a los trabajadores de la planta.

Desde entonces, Trump cuestionó públicamente -la mayor parte de las veces a través de Twitter- varias licitaciones públicas y decisiones de grandes empresas de reubicar sus negocios o ampliar su producción fuera del país.

Este martes apuntó contra la principal automotriz de Estados Unidos, General Motors: “General Motors está enviando el modelo Chevy Cruze hecho en México a los concesionarios de Estados Unidos sin tarifas. ¡Fabrique en Estados Unidos o pague un gran arancel aduanero!”, advirtió el magnate republicano en su cuenta Twitter.

La advertencia de Trump provocó la reacción inmediata de General Motors, que salió a defenderse de inmediato y recordó, en un breve comunicado, que produce la versión sedán del Cruze en una planta de Ohio.

“Todos los Chevrolet Cruze sedán en venta en Estados Unidos son producidos en la planta de montaje de GM en Lordstrom, Ohio. GM produce el Chevrolet Cruze de cinco puertas para mercados globales en México y un pequeño número es vendido en Estados Unidos”, explicó, a la defensiva, la empresa, según la agencia de noticias EFE.

Durante la campaña electoral, Trump también había acusado a Ford, la segunda automotriz de Estados Unidos, de despedir a miles de trabajadores en Estados Unidos para desplazar parte de su producción a México.

Tras su victoria en las urnas, el magnate se atribuyó el logro de haber influido para que Ford decidiera producir una serie de camiones semipesados en Estados Unidos, en vez de en México. La empresa desmintió más tarde esa declaración del ya presidente electo.

Este martes, poco después de conocerse la disputa pública entre General Motors y Trump, Ford anunció en un comunicado que cancelaba otra inversión que tenía planeada para México, de 1.600 millones de dólares, pensada para construir una nueva planta de montaje de vehículos en la localidad de San Luis de Potosí, en la que se suponía se produciría la nueva generación del modelo Focus.

Ford informó que producirá esta nueva línea de Focus en la planta de montaje de la ciudad mexicana de Hermosillo “para mejorar la rentabilidad de la compañía”, pero que al mismo tiempo invertirá 700 millones de dólares en la fábrica estadounidense de Flat Rock, en el estado de Michigan.

La decisión de Ford fue rápidamente vinculada en los medios estadounidenses a las advertencias de Trump. Sin embargo, la empresa volvió a negar cualquier relación.

Desde México, el gobierno de Enrique Peña Nieto lamentó la decisión de Ford, pero evitó entrar en el debate político que domina las especulaciones en Estados Unidos sobre el futuro de su economía.

A 17 días del traspaso de poder, Trump sigue defendiendo a viva voz una política proteccionista y, por momentos, anti globalización, aunque paralelamente también reivindica la disminución del costo de trabajo y la reducción de reglas y normas para “hacer más competitiva” la producción nacional, un planteo que preocupa a los sectores más progresistas que denuncian un posible proceso de precarización laboral.